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La mesa política vuelve a reunirse con la mira en la reforma electoral y la mega sesión en Diputados

La mesa política vuelve a reunirse con la mira en la reforma electoral y la mega sesión en Diputados

Karina Milei no viajará Washington con el Presidente y encabezará un nuevo encuentro con distintos temas a tratar. El foco estará puesto en la sesión prevista para este jueves en Diputados y en las negociaciones con las provincias.

La mesa política retomará este martes a las 13 sus reuniones en Casa Rosada para definir los próximos pasos de la agenda legislativa y avanzar en las negociaciones con los gobernadores aliados, en una semana clave para el oficialismo.

El encuentro se realizará luego de la suspensión de la última reunión y tendrá como telón de fondo la intención del Poder Ejecutivo de acelerar el tratamiento de las principales iniciativas que busca impulsar en el Congreso antes de fin de año, en particular, la reforma electoral.

Entre las claves de la hoja de ruta legislativa figura el ambicioso articulado, que tiene como objetivo central la eliminación de las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), y el tratamiento del Presupuesto 2027.

La discusión también estará atravesada por la búsqueda de respaldos parlamentarios para avanzar con los proyectos de morosidad y discapacidad, y la necesidad de definir una estrategia frente a la ofensiva opositora contra el DNU 70/2023.

En ese marco, la Casa Rosada convocó a una sesión especial en la Cámara de Diputados para el miércoles 21, con la intención de tratar el proyecto de Defensa de la Soberanía Nacional y avanzar con las propuestas alternativas sobre morosidad y discapacidad.

Otro de los ejes del temario girará en torno a la negociación con los 13 gobernadores aliados que da lugar a debates internos por los criterios y plazos.

Por un lado, el jefe de Gabinete, Diego Santilli, y el ministro de Economía, Luis Caputo, se muestran abiertos a cerrar la mayor cantidad de entendimientos en el menor tiempo posible. Por el otro, los primos Martín Menem y Eduardo “Lule” Menem se inclinan por encabezar negociaciones por provincia, de acuerdo con las particularidades de cada territorio.

Lo cierto es que las negociaciones persiguen un objetivo múltiple: garantizar los votos para las reformas en el Congreso, pero además, construir una base política con vistas a las elecciones presidenciales de 2027.

Esta semana, además, está previsto que se retomen las reuniones quincenales con representantes del PRO para acercar posiciones de cara a los próximos comicios presidenciales.

La reunión del reducido círculo se desarrollará en vísperas de un nuevo viaje del presidente Javier Milei, que viajará por quinta vez en el año a Estados Unidos.

El mandatario partirá el mismo martes a las 23 hacia Estados Unidos para apoyar a su par Donald Trump, antes de las elecciones legislativas de medio término previstas para el 3 de noviembre.

Sin embargo, la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, permanecerá en la Argentina y seguirá de cerca la agenda política local.

NB con información de NA.

Milei descartó la salida de Caputo y dijo que tiene US$125.000 millones para enfrentar una corrida cambiaria

Milei descartó la salida de Caputo y dijo que tiene US$125.000 millones para enfrentar una corrida cambiaria

El Presidente desestimó los rumores sobre la salida del ministro de Economía y defendió su política económica. También negó una recesión, reivindicó el empleo informal y confirmó que buscará la reelección en 2027.

El presidente Javier Milei ratificó este lunes a Luis Caputo al frente del Ministerio de Economía y rechazó las versiones sobre una posible salida del funcionario. Además, aseguró que el Gobierno cuenta con US$125.000 millones para enfrentar una eventual corrida cambiaria durante el proceso electoral.

“Es una pelotudez del tamaño de una casa. Yo tengo una relación simbiótica con Caputo”, afirmó Milei en una entrevista con Radio Mitre. También calificó de “disparate total” la posibilidad de reemplazarlo por el economista Alberto Ades, con quien se reunió la semana pasada.

“Nos entendemos de memoria, literalmente. Siempre tenemos la visión alineada”, sostuvo el mandatario, quien negó que existan diferencias entre el ministro y la mesa política del oficialismo. “Nadie cuestiona a ‘Toto’ Caputo. Porque es mi política”, agregó.

Los rumores sobre una posible salida del titular de Economía volvieron a circular en los últimos días, luego de su ausencia en una reunión de Gabinete en la que participó Ades. El domingo, el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, también había descartado un relevo en el Ministerio de Economía.

“No hay ninguna duda en la continuidad de Toto”, sostuvo Menem en una entrevista televisiva. El legislador atribuyó las versiones a operadores que, según dijo, buscan debilitar al Gobierno.

Los dólares para enfrentar una corrida

Milei aseguró que no espera una corrida cambiaria, pero que el Gobierno está preparado para enfrentarla. “Tengo 125.000 millones de dólares en la billetera para enfrentar una corrida el año que viene”, afirmó.

Para fundamentar esa cifra, mencionó vencimientos de deuda en manos de tenedores locales, acuerdos de refinanciación con organismos internacionales y otros países, compras de divisas del Banco Central, acuerdos de intercambio de monedas con China y Estados Unidos y operaciones de dólar futuro. También incluyó el superávit comercial y los posibles ingresos de inversiones vinculadas al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI).

“No espero una corrida, pero me preparo”, insistió el Presidente, quien agregó que “los dólares nos salen por las orejas”.

Milei negó una recesión y habló de la reelección

Durante la entrevista, el mandatario rechazó las interpretaciones que describen un estancamiento de la economía y sostuvo que la situación varía según los sectores y las provincias. En ese sentido, destacó el desempeño de los distritos que adhirieron al RIGI y cuestionó a los gobiernos de Buenos Aires, La Rioja y Formosa por no haberlo hecho.

“Hay personas a las que les va bien y otras a las que no les va tan bien y mucho depende de la zona en la que están”, señaló.

Milei también negó que exista un problema de empleo y celebró lo que definió como una “explosión del empleo informal”. A la vez, cuestionó los indicadores del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), al sostener que no reflejan los cambios estructurales de la economía. No anunció modificaciones concretas en las mediciones oficiales.

En el plano político, confirmó su intención de competir por un segundo mandato en 2027. También anticipó que buscará acuerdos electorales con gobernadores que compartan su programa de desregulación y ratificó su intención de eliminar las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO).

“Es falso, hay algunos malintencionados que hacen circular eso”, dijo sobre las versiones de diferencias internas en torno a la estrategia electoral. Y concluyó: “No queda ninguna duda de que el candidato en el 2027 es el Presidente. El Presidente va por la reelección”.

Padre, hijo y el voto del Espíritu Santo: la alianza entre ultraderecha y evangélicos para tumbar a la izquierda en Brasil

Padre, hijo y el voto del Espíritu Santo: la alianza entre ultraderecha y evangélicos para tumbar a la izquierda en Brasil

Aunque con menos entusiasmo que el que llevó a Jair Bolsonaro a la presidencia en 2018, líderes de las iglesias pentecostales se alinean con su hijo Flávio en una segunda vuelta que puede completar el vuelco a la derecha de una región cada vez más influenciada por la agenda conservadora religiosa 

¿Quién es Flávio Bolsonaro, el candidato que lideró la primera vuelta presidencial en Brasil?

“¡Este no va a ser un país laico!”, se desgañita el pastor Silas Malafaia, micrófono en mano. Cabeza de una de las iglesias pentecostales más importantes de Brasil, Malafaia fue el as en la manga de Jair Bolsonaro para conseguir la presidencia en 2018. En un país en el que alrededor del 30% de la población se reconoce como evangélica, lo que diga un líder religioso como él tiene un peso enorme. Y esto no ocurre solo allí. La expansión de esta rama del protestantismo está marcando el pulso de una Latinoamérica volcada casi ya por completo hacia la extrema derecha, que ha encontrado el aliado perfecto para sus recetas económicas ultraliberales y su agenda social conservadora. 

Ocho años después de aquel acto de campaña en el que bramaba contra la laicidad, el discurso de Malafaia no ha bajado un ápice en intensidad. Hoy es otro Bolsonaro el de las boletas, y llega a la segunda vuelta de las elecciones como caballo ganador. Flávio revalida los esponsales entre ultraderecha y evangélicos para tumbar a Lula da Silva con la promesa de una vuelta al orden anterior, empezando por indultar al expresidente encarcelado por intento de golpe de Estado. En el nombre del padre, con la inestimable ayuda del Espíritu Santo. 

La votación del 25 de octubre decidirá el futuro de Brasil, pero no solo. El duelo entre Lula y Bolsonaro dirá también si aguanta o no el gran bastión de la izquierda en Sudamérica en un contexto en el que la batalla política en la región se ha ido contaminando de crucifijos, citas bíblicas y discursos antiderechos.  

Kissinger y la iglesia anticomunista 

El desembarco de las iglesias pentecostales en América latina comenzó en los años 60 y 70, apadrinada en parte por Estados Unidos. En plena Guerra Fría, a Henry Kissinger le preocupaba la deriva de una iglesia católica influenciada por la teología de la liberación, que conectaba con los pobres y los movilizaba en el reclamo de mayor justicia social. Pronto llegaría el papa Juan Pablo II para acabar con aquello, pero el secretario de Estado no quería brotes verdes comunistas, así que su realpolitik, además de promover y financiar dictaduras en toda la región, apoyó una corriente religiosa que consideraba más afín a sus intereses.

En contraposición a las ramas más tradicionales, el evangelismo pentecostés considera que el éxito y bienestar económico es resultado del vínculo cercano con Dios, quien proporciona prosperidad, trabajo y bienes materiales. Una lógica bilateral, individualista y para nada revolucionaria: Cristo y capitalismo.

Las iglesias evangélicas fueron extendiéndose con un modelo atomizado y horizontal, arraigando en los barrios de un continente desigual, ofreciendo ayuda y pertenencia allí donde el Estado invisibiliza y abandona. Con el tiempo, esos sermones pronunciados entre sillas de plástico en pequeños locales comerciales acabaron convirtiéndose en arengas continuas frente a audiencias multitudinarias, ceremonias en campos de fútbol repletos, editoriales especializadas y medios de comunicación. Edir Macedo, de la Iglesia Universal del Reino de Dios, es dueño de TV Record, la segunda cadena televisiva de Brasil, un país con 213 millones de habitantes. El consuelo de las almas viró en poder para influir en la opinión pública.

“Me pregunto en qué momento los líderes evangélicos decidieron transformar una iglesia construida sobre la generosidad de sus fieles en una máquina de poder político”, dice la cineasta Petra Costa en su premiado documental Apocalipsis en los trópicos. 

Un grupo de pastores evangélicos rezan con Donald Trump en el Despacho Oval.

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca no ha hecho sino apuntalar esa enorme influencia política. El cristianismo carismático se ha consolidado como una fuerza ideológica dominante dentro del Partido Republicano. La cosmovisión impulsada por redes como la Nueva Reforma Apostólica, que concibe la arena política como una batalla cósmica contra “espíritus territoriales” y “potestades demoníacas” se ha trasladado a las contiendas electorales latinoamericanas. Y las de Brasil son especialmente importantes para Estados Unidos, porque suponen casi la última barrera —solo quedaría México como potencia gobernada por la izquierda— en una región que, gracias a sus gobiernos de derecha y ultraderecha, está casi perfectamente alineada con los intereses de Washington.

¿Hay un voto evangélico?

En Brasil, los evangélicos han pasado de representar un 5% en los años 70 a cerca del 31% de la población, con proyecciones que sugieren que podrían ser mayoría hacia 2032. “La transformación religiosa más rápida de la historia”, la definió Petra Costa. Ese cambio se replicó también en el mapa político. Si en 1986 había 13 legisladores abiertamente evangélicos, ahora la bancada multipartidista Frente Parlamentar Evangélica ocupa alrededor del 40% de los escaños del Congreso. Estos diputados fueron fundamentales para la victoria de Jair Bolsonaro y también para la destitución de Dilma Rousseff. Y lo serán en estas elecciones, aunque los expertos destacan que en el caso de Brasil el colectivo ha crecido tanto que ya no se puede hablar de un “voto evangélico”. De hecho, la izquierda de Lula da Silva también se ha acercado a ellos.  

No se trata necesariamente de un aumento en las posturas conservadoras sino del peso relativo que los ciudadanos dan a los temas morales al momento de decidir su voto

Lisa Zanotti — investigadora del Laboratorio para el Estudio de la Ultraderecha (Ultra-Lab)

Lo que sí es evidente es su agenda conservadora, bajo la bandera de la defensa de la familia. Según una reciente encuesta, más de la mitad de los evangélicos de Brasil se identifica con las pautas tradicionales de la derecha. Entre ellas, destacan el no al aborto y el rechazo a la llamada 'ideología de género'. 

“No se trata necesariamente de un aumento en las posturas conservadoras —matiza Lisa Zanotti, investigadora del Laboratorio para el Estudio de la Ultraderecha (Ultra-Lab)— sino del peso relativo que los ciudadanos dan a los temas morales al momento de decidir su voto, frente a otras cuestiones como la económica o las preferencias distributivas”.  

¡Bolsonaro es el candidato de los evangélicos!, brama Silas Malafaia en uno de sus vídeos de Instagram. Y los sondeos le dan la razón. Ya antes de la primera vuelta, el Partido Liberal adelantaba al Partido de los Trabajadores de Lula sobre todo entre las rentas altas (47% frente a 34%), en el Sur del país (50 versus 30%) y entre los evangélicos (52% contra 26%).  

Influencia en muchos países 

“Las iglesias evangélicas no estuvieron en el origen ni del movimiento libertario ni de las protestas callejeras contra Dilma Rousseff del Movimiento Brasil Libre (MBL) que dieron alas a Jair Bolsonaro, sino que su apoyo fue una alianza pragmática para tender puentes y pactar con los sectores populares”, detalla Soledad Vallejo, autora del libro Los dueños de la libertad. Think tanks, dinero y batalla cultural: la estructura oculta del libertarismo en América Latina. 

Aunque quizá no al nivel de Brasil, los evangélicos han ido sumando protagonismo en la política de sus países. En Guatemala, el cómico y pastor evangélico Jimmy Morales consiguió la presidencia (2016-2020) con un discurso conservador, mientras que en 2018 el predicador Fabricio Alvarado ganó la primera vuelta electoral en Costa Rica con el lema “¡No se metan con las familias!”, contra la educación laica. En Colombia, estas iglesias tuvieron un papel decisivo en rechazo a los Acuerdos de Paz de La Habana.

Las excepciones son los países donde la llegada de los evangélicos viene demorada: México, Uruguay y Argentina (dos gobiernos de izquierda y otro más economicista que conservador)

Andrés Malamud — investigador de la Universidad de Lisboa

“Su influencia no es solamente política o ideológica, es también organizacional. Su fuerza es precisamente su capacidad de movilizar”, apunta Lisa Zanotti. Las iglesias pentecostales han liderado masivas protestas callejeras en Perú contra el enfoque de género en la educación pública, y han apoyado abiertamente a Keiko Fujimori para llegar a la presidencia, con una agenda marcada por la oposición a los derechos sexuales y reproductivos, el aborto y la unión civil.

En Chile, el ultraderechista José Antonio Kast fichó a asesores evangélicos en su equipo de estrategia, y el mes pasado incluso participó por primera vez como mandatario en el tradicional Te Deum Evangélico.

Milei en la inauguración de un templo evangélico.

“Las excepciones son los países donde la llegada de los evangélicos viene demorada: México, Uruguay y Argentina (dos gobiernos de izquierda y otro más economicista que conservador)”, explica Andrés Malamud, investigador principal en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa.

Pero incluso allí van cobrando peso. A diferencia de la relación fría y distante que mantiene con la Iglesia católica, Javier Milei ha integrado formalmente a la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas en la estructura del Estado, participando de sus actos y sobre todo otorgándole fondos de programas de ayuda alimentaria en barrios vulnerables.

“Si Lula continúa siendo presidente, Brasil se hundirá y esta democracia será fallida”, grita Malafaia junto a Flávio Bolsonaro en un acto de campaña en São Paulo. La voz casi quebrada por el esfuerzo recibe la ovación de una multitud en las calles. El pastor habla de las mentiras de la izquierda inspiradas por el demonio, cita el Nuevo Testamento, insiste en la idea del colapso democrático. A su lado, el hijo del expresidente convicto asiente. Ambos aspiran a devolver Brasil a la ultraderecha por la voluntad, dicen, del Espíritu Santo.

Mariana Mazzucato, economista: “Ningún gobierno tiene el coraje, los cojones, de cambiar el sistema fiscal”

Mariana Mazzucato, economista: “Ningún gobierno tiene el coraje, los cojones, de cambiar el sistema fiscal”

Asesora de varios gobiernos progresistas, como el de Pedro Sánchez o el de Lula da Silva, Mazzucato ha estado en España presentando su nuevo libro, 'Bien común', una especie de brújula para construir, entre todos, una nueva economía

Mariana Mazzucato ha estado de gira por España. La economista italoestadounidense, nacida en Roma en 1968 y afincada en el barrio londinense de Camden, ha estado presentado su nuevo libro, Bien común. Una nueva economía que funcione para todos (Taurus), pero ha elegido una semana movida. La profesora de economía de la innovación y valor público en la University College London (UCL) tenía previsto reunirse con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pero la convocatoria de elecciones anticipadas frustró el encuentro.

Mazzucato asesora a gobiernos como el de Sánchez, Lula da Silva (Brasil) o Claudia Sheinbaum (México). Entre otros aspectos en cómo las instituciones pueden regular y organizar la actividad económica, “más allá de intervenir cuando el mercado falla”. De eso va el libro de Mazzucato, que recibió a elDiario.es antes de dar una conferencia en la Fundación Rafael del Pino.

–Antes de entrar en su libro me gustaría preguntarle por la vivienda. Como sabe, se ha convertido en una de las principales fuentes de desigualdad y de malestar en España. ¿Qué propone para resolver el problema? ¿Qué papel deberían tener los inversores privados y qué condiciones tendría que imponerles el sector público?

–No es un problema nuevo, la chispa que lo ha hecho estallar es el caso de Maricarmen. El problema es que hemos organizado un derecho humano como si fuera un activo que se compra y se vende. Decir que algo es un derecho humano no significa que no pueda haber ganancias, el problema es que son excesivas. Gobernar la vivienda como un activo es una decisión, no tendría por qué ser así, pero ¿qué ha significado? Facilitar la compra. En Inglaterra, por ejemplo, tenemos programas de ayuda a la compra (help to buy); el problema es que, si los salarios no suben y solo ayudas a alguien a comprar una casa, lo estás endeudando más.

Hay que ver tres cosas. La primera, la cantidad: hay que construir suficientes viviendas. La segunda, cómo se hacen: si usas materiales que forman parte del problema climático, estás pensando en la vivienda aquí y en el clima allá, en vez de unirlos. Y también tienen que ser accesibles en cuanto a precio. Y la tercera es cómo se gobiernan. Si las privatizas, dejan de ser viviendas populares. La vivienda social tiene que seguir siéndolo. Si haces lo que hizo Thatcher, que todo el mundo pudo comprarla, pierdes el parque de vivienda social. En Alemania y en Escandinavia todavía tienen mucha: la gente no la compró, los precios se quedaron bajos y no se endeudó.

¿Cómo puede participar entonces el sector privado? Estamos en el capitalismo, no en el socialismo ni en el feudalismo y se necesitan empresas de la economía real que construyan las casas, y los fondos pueden ayudar. Pero si la relación entre esas tres partes (gobierno, constructoras y finanzas) es parasitaria, con un gobierno cuya política económica solo hace ganar a los fondos, acabas con pocas casas, mal hechas y al precio equivocado. Es una cuestión de gobernanza.

Por tanto, la primera cosa es tener una economía que crece, de manera que la gente tenga salarios más altos y pueda pagar la casa. Segundo, tener viviendas sociales que no se privaticen, como hizo Thatcher y también se ha hecho aquí, porque entonces no hay suficiente stock. Y tercero, deberías tener —cosa que en España no hay— un banco público, no solo bancos privados. En Brasil y en Alemania hay bancos públicos, que ayudan a mantener, por ejemplo, unos tipos de interés más bajos para las viviendas y también para las empresas, para las pequeñas empresas. Aquí, el hecho de que haya una economía financiarizada, con bancos privados que ganan con diferentes cuestiones, no solo con la vivienda, es también el resultado de no tener un sistema financiero equilibrado. Es el resultado de tener un sistema financiero completamente privado.

Por cierto, esos mismos bancos españoles, por ejemplo, Santander, son parte del problema de la financiarización en México, donde tampoco hay banca pública. Cuando no hay competencia entre banco público y privado, el banco privado domina.

España necesita un banco público, no solo bancos privados. Los bancos públicos ayudan a mantener unos tipos de interés más bajos para las viviendas y también para las pequeñas empresas. (...) Los bancos españoles son parte del problema

–Ha mencionado antes el salario como uno de los factores para poder acceder a la vivienda. El estado del bienestar se basaba en un contrato social en el que la vivienda, por un lado, y el trabajo, por otro, te permitían prosperar. Pero eso ya no es así. ¿Hay que repensar el capitalismo, el modelo del estado del bienestar, diseñar un nuevo contrato social...?

–Esa es la razón por la que escribí el libro: bien común, no bien público. El bien público es un concepto de los economistas que sirve solo para corregir un fallo de mercado cuando el sector privado no está: rellenas el hueco. El bien común viene de Aristóteles y su telos, la buena vida. En economía no existe realmente esa palabra. Existe el bien público, que es muy aburrido, y conceptos como welfare o principios de bienestar que no tienen nada que ver con lo que estamos hablando. En este momento tenemos un sistema de bienestar en el que hay gente que tal vez no tiene el trabajo adecuado, hospitales que no tienen un sistema fuerte de salud o problemas de vivienda. Pero al mismo tiempo vemos inteligencia artificial, innovación, capital riesgo, nanotecnología, biotecnología.

Entonces, la primera cosa que un líder progresista, ya sea Lula, Pedro Sánchez o Andy Burnham, debería hacer, y creo que todavía no han hecho, es tener en cuenta los problemas que tiene la gente hoy (la energía, el coste de la vida, la vivienda, la salud, la comida en las escuelas) como misiones que necesitan innovación, inversión y fondos pacientes, no fondos impacientes que ganen dinero apostando, como en un casino. Pero hoy, no a largo plazo, porque la gente está cabreada. Ese también es el problema: cuando vamos a la guerra, nadie dice: «Agenda 2030, agenda 2050». Eso es lo que haces cuando no te importa un problema: «En 30 años vamos a resolver no sé qué». Con la guerra, la gente quiere ganar, como mínimo, en seis meses. Tú no dices: «Vamos a Vietnam durante 30 años».

Con la guerra, como vimos también durante la pandemia, se utilizaron instrumentos muy particulares orientados a resultados. Cuando hablo de guerra no hablo de balas, quiero decir orientación a resultados. A mí no me gusta utilizar la mentalidad de guerra, pero ¿por qué en la guerra somos serios? Porque quieres ganar. Entonces, ¿qué quiere decir ganar con la vivienda? Quiere decir tener la cantidad de casas, pero también la calidad de las casas, donde la gente tenga dignidad. En Francia, por ejemplo, las casas están lejos del centro, son feas y los jóvenes no tienen un lugar donde estar: un centro juvenil o un centro comunitario. Eso es fundamental para la dignidad de las personas. Y cuando las personas no tienen dignidad, si mi cuerpo no tiene valor, tu cuerpo tampoco. Yo lo veo en Londres: hay una epidemia de violencia con cuchillos. Los jóvenes se están matando a cuchillazos. No lo resuelves solo con la policía y con el sistema judicial. Tienes que conseguir que ese joven se sienta bien. Tenemos que hacerlo por razones humanitarias, porque nos importan las personas. Pero es que además también cuesta menos, cuesta como cinco veces más encarcelar a una persona que invertir en todo el sistema que nutre su corazón y su mente.

Tener buenas casas en fundamental. Cuando las personas no tienen dignidad, si mi cuerpo no tiene valor, tu cuerpo tampoco. Yo lo veo en Londres: hay una epidemia de violencia con cuchillos. Los jóvenes se están matando a cuchillazos

Mariana Mazzucato, en un momento de la entrevista

–Habla de Lula, de Pedro Sánchez, de Burnham, ventanas progresistas ante la ola de la extrema, junto a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, a los que usted asesora, o el nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Sin embargo, tenemos un ejemplo claro en España de que se puede gobernar con buenos datos macroeconómicos –aquí tenemos los mejores, lideramos el PIB en la UE, el empleo– y aun así eso no garantiza vivienda ni calidad de vida. ¿Qué está fallando?

–Hablemos antes de algo que hizo España y que nadie hizo. En 2022-2023, la vicepresidenta Teresa Ribera puso impuestos a las ganancias excesivas de las empresas de gas en el mercado mayorista, no en el minorista, que es el precio final. Lo hicieron al principio de la cadena. Por eso tuvisteis precios un 40% más bajos que la media. En Inglaterra, en cambio, donde siempre somos un poco cobardes con la industria, el gobierno subsidiaba el precio final sin intervenir el precio mayorista, al principio de la cadena.

Teresa Ribera puso impuestos a las ganancias excesivas de las empresas de gas en el mercado mayorista, no en el minorista, que es el precio final. Lo hizo al principio de la cadena: por eso tuvisteis precios un 40% más bajos que la media

–¿Qué sería el equivalente en vivienda, por ejemplo?

En el libro nuevo hablo de la necesidad de pensar de forma predistributiva, como hizo Teresa Ribera con la energía: precios justos desde el principio, en vez de corregir al final, como suelen hacer los gobiernos, que siempre corrige fallos de mercado. No, la predistribución quiere decir tener precios justos desde el principio. ¿En qué? En salarios, en la relación entre capital y trabajo, en la compra pública, en la relación público-privada...y en el mundo de las finanzas, que no deberían poder tratar la vivienda como un activo que se compra y se vende. Eso se puede hacer. En cuanto puedes vender las casas populares, las pones en el mercado sin regulación frente a los fondos de inversión, fondos buitre, etc., obviamente hay un problema.  ¿Sabes por qué entraron esos fondos en la vivienda? Porque, tras la crisis financiera, los tipos de interés se fueron casi a cero y ya no podían ganar dinero en el sistema financiero. Tenían que entrar en otros mercados. Lo vimos con el Covid en las residencias de mayores, compraron literalmente cualquier cosa en la que hubiera una comisión de base. Es como tener un trol debajo del puente, que no hace nada, pero cobra a la gente por cruzarlo. Eso es una renta. Por tanto, es una cuestión de intereses y de rentabilidad. Cuando los tipos eran casi cero, necesitaban cobrar por otra vía: cárceles, residencias, vivienda… lo compraron todo, lo dominaron todo para tener esa comisión básica. Es una barbaridad que los gobiernos lo permitieran. Con un Rolls-Royce no me importa lo que hagas, pero con la vivienda no puedes abrirla sin más al mercado financiero. Se necesita un banco público serio.

–¿Cree que la renta básica universal es una buena medida predistributiva?

–No me gusta cómo se llama. Prefiero algo así como un dividendo ciudadano.

–El concepto es el mismo.

–Sí, pero el nombre importa mucho. Te digo por qué. ¿Por qué crees que todos los tech bros –aunque a mí no me gusta llamarlos así, sólo bros, mafia–, los grandes empresarios de Silicon Valley, Elon Musk, Peter Thiel, aman la renta básica universal? Porque así pueden seguir haciendo toda la mierda que hacen y decir que crean valor. Como si nadie más lo creara, como si el gobierno no hubiera creado todo ese valor. Escribí en El Estado emprendedor que todo eso se hizo con impuestos públicos. Ellos se presentan como creadores de valor y dicen: «Vale, y damos al pueblo una renta básica universal, 20.000 o lo que sea». Si dices 'dividendo ciudadano' es lo mismo, pero la narrativa importa, porque condiciona la negociación que haces con muchos otros sectores.

La industria farmacéutica, por ejemplo, ama presentarse como la gran innovadora de la medicina, cuando siempre llega muy tarde: casi toda la inversión de las fases iniciales, las más inciertas, es pública. Pero les gusta esa narrativa, porque así ponen precios altísimos: si ellos han creado el valor, el precio tiene que ser el que quieran y el gobierno tiene que entrar a subvencionarlo.

La renta básica universal es importante como fórmula, pero no me gusta cómo se describe, porque no cuestiona de dónde viene el valor desde el principio. Y, por definición, es redistribución: sacas dinero con impuestos u otra vía y redistribuyes una parte a la gente. Eso es importante, pero en el libro digo que llega demasiado tarde, porque la gente no lo tiene desde el principio. La narrativa es otra: esas grandes empresas, no crearon el valor. Anthropic, Nvidia, Tesla, que acumulan billones de dólares, una barbaridad, los tienen por la narrativa que todos aceptaron sobre de dónde viene el valor. Si no cambias eso, los billones van a ellos. Y ellos tan contentos, dando migajas a la gente.

–¿Qué propone para cambiarlo?

–Tienes que intervenir en todo el proceso, como he escrito muchas veces. Con la IA, y quién sabe lo que vendrá después de la IA, tenemos que aprender de lo que hicimos mal: no se puede seguir socializando el riesgo y privatizando los beneficios, y es lo que seguimos haciendo. Lo cuento en mi libro. Tiene tres partes: teoría, práctica y lugares, y es en los lugares donde hablo de vivienda. La parte práctica es una brújula con cinco elementos. Uno, tener un propósito muy claro. Dos, quién decide ese propósito: tiene que decidirlo la gente que está cabreada. Tres, compartir el conocimiento. Cuatro, compartir los beneficios. Y cinco, transparencia. Hoy hay una opacidad total: ¿quién hace qué?, ¿quién gana qué? Compartir el conocimiento y las ganancias es la forma más importante de redistribución, pero también está la cocreación: ¿quién decide en qué dirección vamos? Doy muchos ejemplos en el libro.

En este momento, en casi todas las áreas —inteligencia artificial, vivienda, salud y todo lo demás— hay una enorme estructura colectiva de inversiones, pero las ganancias están muy restringidas. Eso también se podría cambiar con el sistema de impuestos, porque el tipo de impuestos que tenemos ahora está incentivando la inversión de corto plazo. Olvídate de la vivienda por un rato, pensemos a nivel de milisegundos, todo el dinero que están haciendo es simplemente buy and sell, comprar y vender. Basta cualquier volatilidad, la guerra, el Covid, lo que sea, hacen dinero comprando cuando está bajo y vendiendo cuando está alto. Tenemos un sistema fiscal, los impuestos sobre las ganancias de capital, que no diferencia entre inversiones a largo y a corto plazo. A nivel internacional estaba el impuesto sobre las transacciones financieras, la tasa Tobin, que nunca se hizo. Pero a nivel nacional ningún Gobierno tiene el coraje, los cojones, de cambiarlo, porque aceptan lo que las finanzas les dicen: «Nos vamos». Pues vete. ¿Quién se va a ir de España? Nadie. España es un mercado muy importante para muchas empresas financieras. No es verdad que se vayan a ir. También es importante tener abogados y todas empresas tienen a los mejores. [Los gobiernos] no son solo cobardes, no tienen capacidad.

La economista, durante la entrevista

–Hay muchos gobiernos progresistas y colegas suyos, como Zucman, que plantean impuestos a los ricos, una medida redistributiva. ¿Cree que funcionaría?

–La redistribución está bien, obviamente, pero tiene que ir acompañada de predistribución; si no, gastas demasiada energía en redistribuir. Y ese es el problema: la izquierda, cuando habla de estas cosas, es muy vaga. ¿Un impuesto sobre el patrimonio, sobre el suelo, sobre las ganancias de capital? ¿Qué proponen? En serio, no proponen nada concreto. Gravar a las grandes… eso es obvio. En los años de más innovación en Estados Unidos había un tipo marginal máximo para los más ricos del 91%. Sí, hace muchos años, pero fue el periodo más innovador. No estoy proponiendo eso. Lo que digo es que no es verdad que los tipos altos a los ricos maten la innovación o la inversión; es lo contrario. Hasta Warren Buffett, que es de los más ricos del mundo, siempre dice: «¿Por qué pago tan pocos impuestos?». Solo lleva a más desigualdad. Él dice que invierte cuando hay una oportunidad.

Entonces, la pregunta para los gobiernos es qué hay que hacer para generar entre los empresarios la expectativa de que hay una oportunidad en un área. No solo comprar y vender, que es una oportunidad financiera, sino en la economía real. Qué puedes hacer para decir «en este país vamos a ser los mejores en... Dinamarca, por ejemplo, es ahora el mejor en servicios digitales para lo verde, y son los mayores vendedores a China. ¿Y cuánto está gastando China en reducir el contenido material? Cinco billones. Dinamarca vende todos esos servicios verdes porque Copenhague dijo: «Queremos ser la ciudad más verde del mundo». Entonces hacía falta vivienda verde, transporte verde, salud verde, comida verde, y también servicios digitales. Esas pequeñas startups crecieron porque la compra pública a escala de ciudad creó un mercado justo para ellas.

La redistribución está bien, obviamente, pero tiene que ir acompañada de predistribución; si no, gastas demasiada energía en redistribuir. Y ese es el problema: la izquierda, cuando habla de estas cosas, es muy vaga. ¿Un impuesto sobre el patrimonio, sobre el suelo, sobre las ganancias de capital? ¿Qué proponen?

–Usted dice que el sector público no tiene que ser visto como un elefante gris, ineficiente, sino como un cocreador de valor. Lo explicaba ya en El Estado emprendedor. Pero lo que vemos ahora en la Unión Europea, es todo lo contrario: Bruselas es poco ágil, está paralizada. Tenemos los diagnósticos y las propuestas de los informes Letta y Draghi, pero dos años después hemos avanzado poco.

–A veces el sector público es un elefante gris, porque lo hemos hecho así. Y sobre Europa, creo que el análisis de Draghi era equivocado. Tenía muchas cosas buenas, obvias, que la gente dice desde hace 50 años. Muchas veces se pone la atención en lo clásico, el 'copia y pega' de siempre. Hay problemas estructurales, inercias en el mercado de trabajo, sí, pero falta algo muy importante: no hay una sola palabra en su informe que diga que el problema es el gobierno corporativo, la gobernanza de las empresas. Cuando hay empresas que solo piensan en las ganancias inmediatas, es imposible una relación sana entre lo público y lo privado.

Por eso es interesante, de nuevo, que en Estados Unidos toda la innovación viniera de un gobierno que pensaba a largo plazo y que se relacionó con las empresas con condiciones muy claras sobre lo que se estaba intentando hacer. La NASA –lo escribí–, puso una condición: nada de ganancias excesivas. Puedes trabajar con nosotros y 400.000 personas del sector privado ayudaron a la NASA a ir a la Luna y volver en poco tiempo, pero con contratos muy bien hechos. Eso no está en ningún sitio en el informe Draghi. Uno de los problemas, no solo de Europa, sino del capitalismo moderno, es esta relación parasitaria entre lo público y lo privado.

Hay otros problemas que él señaló bien, pero si solo miramos los problemas del gobierno o del mercado laboral como lo que frena el crecimiento europeo, nos perdemos la mitad del problema. Y de la financiarización de la economía tampoco habló. En algunos países hay financiación paciente y en otros no. En unos, esa financiación pone condiciones a la innovación: la empresa tiene que innovar para ganar un contrato público. En otros casos basta con gritar «necesito ayuda, por favor, ayúdame» para que te den dinero público a cambio de nada.

–¿Qué es lo que más le preocupa de la IA y cómo debería regularse?

–Como dices, regularla, pero no solo al final. Me preocupa que no hayamos pensado desde el principio en cómo hacerlo. Al principio de su desarrollo, todo, el reconocimiento temprano de voz, los grandes modelos de lenguaje, los LLM [por sus siglas en inglés, Large Language Model, o Modelo de Lenguaje Grande en español, vino del Gobierno. ¿Por qué dejamos que se ganaran billones en esas empresas y ahora están comprando el mejor talento? Esa es la parte que más me preocupa: con salarios altísimos, los mejores investigadores de las universidades públicas y privadas de todo el mundo se están yendo. Están llevándose a los mejores, también de los laboratorios públicos. La inteligencia detrás de la inteligencia artificial ahora está en cinco empresas, ya no está distribuida en un sistema innovador de universidades y laboratorios.

Piensa en el CERN [Organización Europea para la Investigación Nuclear]. Algunos de los mejores científicos de física están allí. No hay un CERN público para la inteligencia artificial. Hay cinco empresas privadas que, con los billones que han ganado excesivamente, porque no pagan impuestos, porque explotan el trabajo, porque usaron 40 años de investigación pública, los usan para pagar salarios altísimos. Eso casi nadie lo comenta.

Y la cosa más importante es que no estamos dirigiendo la inteligencia artificial. ¿IA para qué? Es solo una carrera entre cinco empresas. Ellas mismas dijeron hace cinco o diez años que no lo iban a hacer y ahora lo están haciendo. Están en una carrera solo para crecer. Por ejemplo, el impacto climático que están teniendo, sobre todo en el agua que necesitan para enfriar los centros de datos, es altísimo. Y no tiene que ser así: DeepSeek en China no es así. Eso no quiere decir que DeepSeek sea perfecto, pero es un modelo más pequeño. En Oxford, que es un lugar rico, han dejado de construir vivienda pública hace unos meses porque no tenían agua, se estaba yendo toda a los centros de datos. El Gobierno puede regular eso y han decidido no hacerlo. Cobardes.

Entre pastillas y realidad: mi día a día con la medicación para la depresión

Entre pastillas y realidad: mi día a día con la medicación para la depresión

Una mujer describe el impacto cotidiano de vivir bajo un tratamiento combinado de antidepresivos, ansiolíticos e hipnóticos y el ritmo de vida de una persona con ansiedad y depresión. Más de la mitad de los jóvenes en España (el 54,7%) afirma haber tenido problemas de salud mental en el último año

“Sanar”, “soltar”, “atraer abundancia”: el negocio de las terapias sin título ni matrícula

Cuando suena la alarma por la mañana, mi primer pensamiento no es qué voy a desayunar o qué tengo que hacer en clase o en el trabajo. Mi primer pensamiento es cuánto pesa mi cuerpo. Es un peso real, físico, como si las sábanas estuvieran hechas de cemento. No es pereza, es algo mucho más profundo que viene de toda la medicación que me tomé el día anterior y, sobre todo, del hipnótico que me ayudó a “desconectarme” por la noche. Me quedo ahí un rato, mirando a la nada, intentando que mis músculos respondan. Hay mañanas en las que siento que soy un motor viejo que arranca a tirones y le cuesta la vida ponerse en marcha y otras, pocas, en las que parece que la medicación por fin hace lo que debe y se enciende una luz que me permite funcionar.

Pero lo normal es ese inicio lento. Me levanto sin fuerzas, con la sensación de que todavía no he terminado de despertarme del todo. Es como si una parte de mí se hubiera quedado atrapada en el sueño químico de la noche anterior. Voy al baño, me lavo la cara y me miro al espejo, pero a veces me cuesta reconocerme en esos ojos que parecen estar siempre un poco empañados. Es la rutina de empezar el día a contracorriente, intentando alcanzar un ritmo que el resto del mundo ya ha alcanzado hace horas.

Y lo más duro es saber que no soy una excepción, sino parte de una generación exhausta: según los últimos datos del Barómetro Juventud, Salud y Bienestar, más de la mitad de los jóvenes en España (el 54,7%) afirma haber tenido problemas de salud mental en el último año. No es un caso aislado, es una crisis colectiva; de hecho, el Informe Juventud en España alerta de que la tasa de problemas psicológicos en jóvenes de entre 15 y 34 años ha crecido un 590%, recientemente. Este despertar mediado por la química es, en silencio, la realidad compartida de miles de jóvenes en nuestro país.

En Argentina, las internaciones por salud mental en el sistema público subieron 42% desde 2023 y las consultas ambulatorias 23% en el último año, según el 2º Informe Federal de Salud Mental que coordinó la Universidad Nacional de Lanús.

Voy al baño, me lavo la cara y me miro al espejo, pero a veces me cuesta reconocerme en esos ojos que parecen estar siempre un poco empañados. Es la rutina de empezar el día a contracorriente, intentando alcanzar un ritmo que el resto del mundo ya ha pillado hace horas

La ‘vida en pausa’

Una vez que consigo salir de casa, empieza lo que yo llamo la “vida en pausa”. Es una sensación rarísima. Yo soy consciente de todo lo que pasa a mi alrededor: veo a la gente correr para tomar el autobús, escucho las conversaciones en la calle, veo el movimiento de la tienda... pero no conecto. Siento que estoy en una burbuja donde el sonido llega amortiguado y nada me toca de verdad y eso me genera una impotencia increíble. Es como si yo estuviera quieta, en un punto muerto, mientras mi mundo sigue girando a toda velocidad. No soy capaz de procesar las cosas con la rapidez que se espera de mí.

A veces alguien me cuenta algo importante, algo que debería hacerme reaccionar, y yo me quedo ahí, procesando las palabras como si me estuvieran hablando en otro idioma. No es que no me importe, es que mi cerebro está trabajando bajo el efecto de los ansiolíticos y todo va más despacio. Esa falta de conexión me hace sentir muy sola, incluso cuando estoy rodeada de gente. Me pregunto si ellos notan que no estoy “ahí”, si se dan cuenta de que mi mirada está perdida en algún punto entre lo que dicen y lo que yo soy capaz de entender. Es como vivir con un desfase constante entre la realidad y mi cabeza.

A veces alguien me cuenta algo importante, algo que debería hacerme reaccionar, y yo me quedo ahí, procesando las palabras como si me estuvieran hablando en otro idioma. No es que no me importe, es que mi cerebro está trabajando bajo el efecto de los ansiolíticos y todo va más despacio. Esa falta de conexión me hace sentir muy sola, incluso cuando estoy rodeada de gente

El precio de querer seguir

Todo empezó con una lesión en la espalda que, de la noche a la mañana, paralizó mi vida por completo durante meses. Estaba intentando lidiar con la frustración de perder mi rutina cuando me tuvieron que operar de las muelas del juicio. Estaba en plena recuperación física cuando, a la semana, falleció mi abuelo, y apenas unos días después se terminó mi relación de pareja. Fue una avalancha de dolor físico, pérdida y estrés emocional en muy poco tiempo. Mi cuerpo y mi mente no pudieron soportar tanta presión de golpe; me hundí anímicamente, la ansiedad se disparó y perdí por completo la capacidad de dormir. Por eso, a principios de enero de 2026, tuve que empezar esta medicación: Zolpidem, Rivotril y Fluoxetina prescritas por un médico.

Aceptar que mi vida dependía de unas pastillas fue uno de los tragos más amargos que he tenido que pasar. Al principio me negaba, pensaba que era una señal de debilidad o que me estaba convirtiendo en una especie de robot. Pero luego me paré a pensar con calma. Entendí que no quería estar medicada el resto de mi vida, pero que quería vivir el resto de mi vida y, si para eso tenía que aceptar este proceso, lo iba a hacer. Fue una decisión de supervivencia. No me gusta tomarme todo esto, es que sé que, sin toda la medicación, el pozo sería demasiado hondo como para salir sola. Y es una red de seguridad que sostiene a muchas más mujeres que a hombres: los datos reflejan que en España el 10% de la población sufre ansiedad, pero la incidencia en mujeres duplica a la de los hombres. Somos mayoría las que libramos esta batalla.

Entendí que no quería estar medicada el resto de mi vida, pero que quería vivir el resto de mi vida y, si para eso tenía que aceptar este proceso, lo iba a hacer

Aun así, el proceso es duro. Estar en este estado de “pausa” constante te quita muchas cosas. Hay días en los que me siento totalmente plana, como si mis emociones estuvieran atrapadas y yo hubiera dejado de poder sentirlas. No siento alegría, pero tampoco una tristeza insoportable... hasta que, de repente, todo explota. Puedo estar horas sin sentir absolutamente nada y, de la nada, empezar a llorar sin saber por qué sin que haya pasado nada concreto. Es como si mi cuerpo necesitara soltar todas las emociones y sentimientos que la medicación mantiene alejada de mí durante el día. Es un llanto que me deja agotada, sin fuerzas para nada, y que me recuerda que, aunque esté medicada, el dolor sigue presente.

La lucha contra el silencio mental

Cuando por fin termina el día y llego a casa, aparece el miedo a la noche. La gente piensa que, con toda la medicación que tomo, dormir es fácil, pero para nada. Mi cabeza es mi peor enemiga cuando intento dormir. Empieza a darle vueltas a todo: a lo que hice mal, a lo que no hice, a lo que me da miedo del futuro... Es una lucha constante. Mi mente se resiste a apagarse, pelea contra el efecto de la pastilla como si le fuera la vida en ello y es una sensación de angustia muy fuerte. Quiero dormir, necesito descansar, pero mis pensamientos son como un ruido de estática que no me deja en paz. Y parece que este ruido mental colectivo va en aumento, pues la demanda de antidepresivos en las farmacias, según el Observatorio de Tendencias de Cofares, se ha disparado un 24% en el último año. Cada vez somos más las mentes que necesitan un freno de mano externo.

Al final la química siempre gana. Por mucho que mi ansiedad intente mantenerme despierta, llega un momento en que el hipnótico hace su efecto. No es un sueño bonito ni natural. Es como si alguien me diera un golpe y me apagara al instante. Me rindo porque no me queda otra, porque mi cuerpo ya no puede más. Es una desconexión forzosa que me lleva a ese vacío negro hasta la mañana siguiente, cuando la alarma vuelve a sonar y el ciclo de pesadez y falta de fuerzas empieza otra vez desde cero.

El miedo a lo que vendrá después

Vivir así te hace plantearte muchas cosas sobre el futuro. Tengo miedos, demasiados. Me da miedo pensar que no voy a ser capaz de superar esto nunca, que esta versión de mí, a medias y medicada, es la que se va a quedar para siempre. Me aterra perderme los mejores años de mi vida por estar en este estado de somnolencia constante y no saber quién soy yo realmente sin todos estos fármacos. A veces trato de recordar cómo era antes de todo esto, pero me cuesta, como si esa versión de mí fuera un personaje de una película que vi hace mucho tiempo y no soy capaz de recordar con claridad.

Tengo miedos, demasiados. Me da miedo pensar que no voy a ser capaz de superar esto nunca. Me aterra perderme los mejores años de mi vida

Pero también tengo el miedo contrario: el miedo a dejar las pastillas. ¿Y si las dejo y descubro que no puedo manejar la realidad? ¿Y si el abismo que me trajo hasta aquí sigue igual de profundo y me caigo otra vez? Es un equilibrio muy precario. Por un lado, quiero mi libertad, pero, por otro, me da pánico lo que pueda pasar si me quitan esta red de seguridad. Es una sensación de dependencia que me hace sentir pequeña, pero soy consciente de que todo esto es un proceso y que no puedo saltarme pasos.

Una carrera de fondo sin meta clara

A pesar de todo lo malo, trato de ser positiva, aunque sea por puro agotamiento. Sé que el hecho de estar escribiendo esto, de ser capaz de analizar cómo me siento, ya es un paso. La medicación me tiene en pausa, sí, pero esa pausa también me está dando el tiempo necesario para recomponerme por dentro, aunque sea muy despacio. No es el camino que yo hubiera elegido, pero es el que me ha tocado para seguir adelante y tengo que respetarlo. No puedo pedirle a mi cuerpo que corra una maratón cuando todavía está aprendiendo a caminar de nuevo.

A cualquiera que lea esto, le diría que no me juzgue por mi falta de energía o por mi mirada perdida. Tengo 22 años y no es que no quiera esforzarme, es que estoy librando una batalla interna que consume todas mis reservas. La medicación es mi armadura, pero es una armadura muy pesada que me cansa solo de llevarla puesta. Espero que algún día pueda quitármela y caminar ligera, pero mientras tanto, sigo aquí, paso a paso, intentando que el motor no se pare del todo y esperando que, poco a poco, la luz de cada mañana deje de pesar tanto y empiece a brillar de nuevo, pero esta vez de verdad.